jueves, 10 de octubre de 2013

Qala-E-Naw "Ciudad Inmortal"

 
Mi segunda mili en esta base en Asia.
 
Aunque oficialmente, la base Ruy Gonzalez de Clavijo se entregó al ejército afgano el 26 de septiembre, yo me fui de allí el 20 de agosto, como parte del repliegue y  para completar la misión en la base de Camp Arena en Herat, la capital de la provincia de Badghis, con lo que en 10 días llevaré aquí dos meses. Asi que podría decirse que he pasado la mili en Qin (Qala-e-Naw) ya que, entre los cinco meses de 2011 y los cuatro meses de este 2013, he completado nueve largos meses, que unidos a los dos que voy a completar aquí en Herat, hace un total de once meses, casi un año de mi vida aquí en esta tierra asiática a más de siete mil kilómetros de mi hogar.
 
Aquí trabajé de lunes a domingo durante 9 meses, ahora todo está en manos del ejército afgano.
 
  
No os voy a negar que se hace duro estar tanto tiempo lejos de la familia y los amigos, pero no queda otra que tratar de pasarlo lo mejor posible y hacer la estancia lo más amena y tranquila que se pueda. Allá en Qin, hemos vivido muchas cosas, algunas buenas y otras muy malas, pero todas ellas conforman una experiencia vital que me acompañará toda mi vida y que será imposible de olvidar. Si os preguntáis por el título de la entrada del blog, es porque durante toda la misión de 2011, mi compañero y yo escuchabamos casi a diario a los Héroes del Silencio, y en uno de sus directos se despedían de Zaragoza, su patria chica, con la frase de "Adiós Zaragoza, ciudad inmortal" y esa coletilla se nos pegó siempre que nombrabamos Qala-e-Naw.
 
 Vista de Qin desde la base, a la izquierda el barrio Pastún.
 

Si alguien me preguntase cual es el recuerdo más vívido que tengo de Afganistán, diría que fue el momento, allá por abril de 2011, cuando se abrieron las puertas del Airbus 330 y salí al exterior, en el aeropuerto de Herat, y me golpeó una amalgama de sensaciones y olores nuevos y extremos para mi. El aire era seco y caliente, como si alguien dirigiese un secador de pelo invisible contra mi rostro, era asfixiante. Y luego el olor, una mezcla de tierra caliente y polvo con un regusto extraño, como de especias, sudor rancio y animales, algo a lo que me terminé acostumbrando en poco tiempo.
 
 
 Acercándonos a la ciudad desde Herat. Pueblos en zonas desérticas muy cerca de Qin.
 
  
A partir de ahí se sucedieron muchas más sensaciones y experiencias que serían muy largas de relatar, demasiadas para una entrada de blog y muy pocas para un libro, eso si no tuvieramos en cuenta que muchas cosas que puedo contar no estoy autorizado a contarlas, al menos mientras sea militar en activo, lo cual será así durante al menos los próximos veinte años. Aunque no puedo dejar de mencionar la amistad y el compañerismo entre todos los miembros de las dos agrupaciones en las que he participado, sin duda, lo mejor de la misión y muchas veces lo que no deja que te hundas en los peores momentos.
 
 
 
 La luna en Qin brilla de manera muy especial, algo que las fotos no fueron capaces de captar, pero que mi retina jamás olvidará.
 
  
Sin embargo si que os cuento que hay cosas que no podré olvidar y que permaneceran en mi retina y en mi recuerdo de manera indeleble. Aquí, los atardeceres son evocadores y de una belleza inmensa, con una paz y quietud impensables en una tierra eternamente devastada por los conflictos. La luna llena,  a veces blanca y a veces amarilla, siempre gibosa como pocas veces la he visto en mi vida, iluminando el paisaje con tal intensidad que parecía espantar por completo a la oscuridad. Esos días nadie utilizaba la linterna para combatir el black-out (durante las noches la base siempre permanecía totalmente a oscuras para evitar que las luces dieran una referencia a los insurgentes y que pudieran atacarnos con cohetes o morteros).
 
 
 La lluvia es dura y salvaje, pero deja estampas únicas. La belleza de la naturaleza es insuperable.
 
  
Recuerdo también la primera granizada al poco de llegar. Estabamos en la terraza de la cantina cuando el granizo comenzó a golpear rabiosamente contra el techo de uralita, imitando el tableteo de las ametralladoras, lo que por un momento nos hizo ponernos en tensión, hasta que nos dimos cuenta que era granizo lo que nos llovía y no las balas de la insurgencia. Esa semana de abril vi llover en una tierra seca, que permanece muchísimos meses sin ver ni una sola gota de lluvia. Pero no era una lluvia como la que he visto y sufrido en Galicia, en la sierra de Ronda o incluso en Gran Canaria, esa lluvia intensa y abundante pero amable. Aqui la lluvia es reflejo del propio país, es una lluvia que cae con violencia, con rabia, de golpe y que no refresca, sino que hace que el calor acumulado en la tierra se libere y haga más insoportable el bochorno continuo.
 
 
 Los efectos de las lluvias son devastadores, aunque este pueblo sigue luchando contra ellos año tras año. Y a partir de ahora volverán a hacerlo sin nuestra ayuda.
 
 
  
Ni que deciros que su efecto, es devastador para la población local, que construye sus casas con adobe y ven muchas de ellas completamente arruinadas en minutos. Pienso que cuando esté en mi casa en Gran Canaria y vea llover, me acordaré de esta gente y me pregunte quién les ayudará ahora que ya nos estamos nosotros alli. Tengo la sensación que les aguarda un futuro duro y jodido, como los tiempos previos a nuestra llegada, porque a pesar de lo que muchos piensan, aqui no hemos venido a la guerra, sino a dejarnos el sudor y el dinero, y por desgracia la sangre, en hacer que la vida de estas gentes sea un poco mejor, y aunque creo que así ha sido, aún queda mucho por hacer en esta tierra dejada de la mano de Alá, de Dios y hasta de los hombres de buena voluntad.
 
 
 El rio a su paso por la ciudad, con las lluvias y el deshielo se convierte en algo muy peligroso.
 
 
Recuerdo también la visión de los paisajes variopintos que pueblan esta tierra, vistos tanto en convoy hacia nuestras bases avanzadas de Ludina, Moqur y Darre-ye-bum, como en avión y helicóptero.
 
 
 Aunque no lo parezca, esto en en Laman, no muy lejos de Qin, me recuerda a paisajes de mi propia tierra. Curioso, ¿Verdad? No todo es desierto aquí.
 
 
  
No creo que nadie se sorprenda si la describo como una tierra de fuertes contrastes. Valles verdes y llenos de árboles y colinas desérticas. Una tierra de belleza exótica y que agradaría a muchos amantes de la aventura y los terrenos agrestes si fuera más segura, más segura en el ámbito humano, que no en el de la fauna.
 
 
 Una columna de nuestros vehículos a su paso por Laman, una tierra agradecida por la lluvia que reverdece en cuanto se le deja.
 

Y por supuesto el cielo. El cielo es de las cosas más bellas de esta tierra, nunca había visto tantas estrellas juntas en mi vida, un paraíso para los aficionados a la astronomía. Con un cero absoluto de contaminación lumínica y sin nubes, sólo el cielo infinito con estrellas infinitas sobre tu cabeza. La de veces que me he quedado fuera del edificio de vida, mirando las estrellas, algunas fugaces, embelesado como un niño.
 
 
 Los niños, expectantes ante nuestros compañeros cuando llevaban ayuda humanitaria y por supuesto, regalos para ellos, como pelotas de fútbol, mochilas y material escolar. No os podeis imaginar lo que emociona a uno la visión de estos peques, y más teniendo tus propios hijos. Más de una vez se me formó un nudo en la garganta cuando veía las condiciones de vida de muchos de ellos y la impotencia de no poder hacer más por ellos.
 
 
  
Y claro está, no podía faltar la gente. No es que haya hecho amigos con la población local, pero sí que he alcanzado con algunos un cierto grado de familiaridad y simpatía. Todos son trabajadores locales en la base de Qin, que ahora tienen ante sí un futuro incierto y de los que probablemente no vuelva a saber nada. Espero de verdad que les vaya bien y que sigan sobreviviendo como hasta ahora, con esa tenacidad que les caracteriza y esa dureza que sólo esta tierra es capaz de brindar.
 
 
 
 La pista de aterrizaje y nuestra, antigua ya, base a la izquierda de Qin.
 
 
  
En menos de un mes me voy de Afganistán, probablemente para nunca volver, aunque en esta empresa nunca se sabe. Pero lo cierto es que este tiempo aquí vivido me ha servido como experiencia vital y me ha enseñado a valorar cosas que en la vida cotidiana das por hecho y apenas le das valor.
 
 Qala-e-Naw, no te echaré de menos, pero será imposible olvidarte.
 
Parafraseando a mi compañero y amigo de la misión de 2011 sólo puedo decir, adiós Qala-E-Naw "ciudad inmortal"
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