viernes, 11 de noviembre de 2011

Un sombra se desvanece

Con motivo del retorno de la campaña "Las sombras de Punjar" a nuestra mesa de juego, pero esta vez con el sistema Pathfinder RPG, he propuesto a los jugadores dos alternativas; mantener sus pj´s como están pero conversionándolos a la nueva edición, o bien empezar con el mismo nivel pero con otro pj. En el caso de mi buen amigo y colaborador del blog Bruendar, su personaje Tiefling no pintaba mucho en la ambientación de la nueva edición, y como el rol de Clérigo nunca le hizo gracia y vino impuesta por el guión, pues ha aprovechado para dar un final literario y con una puerta abierta al DM para que con su muerte introduzca un nuevo gancho para una aventura o simplemente un villano digno de un grupo como "Las sombras". El tiempo y la malvada mente del DM ya lo dirá. Por ahora disfrutad de este estupendo relato de Bruendar y os animo a que hagáis sugerencias y posibles frases para la nota del final.

POR BRUENDAR.-


Al alzar la vista, el cadaver de Telegar Uth´kevir se mostró cuan largo era. La garganta cortada deslizaba un charco sangriento en la que huía la exinta vida del tiefling y que pronto se mezclaría con el oscuro y espeso plasma del minotauro inerte. Tautul, junto a Amair Vol´baran y Elauglyn Orly´drin, yacían a los pies de un sudoroso Eugene Ambrose Sinat´fay, cuyos ojos inyectados y salientes, mostraban la complacencia de la carnicería. Sus manos crepitaban con la energía mística, lastimera y fugaz, mientras el mago esperaba con ansia insatisfecha que alguno se moviera para continuar con la tortura...







Telegar observaba la escena, estando pero sin estar, con la consciencia de que el hilo que le ataba a su cuerpo se deshilachaba inexorable. Cantó a Sehanine para sanar la herida, pero el vacío heló las palabras como si nunca hubiese sabido hacerlo. - ¿Por qué? - gritó.-




¡Porque eres un idiota! ¡Cállate ya! O te cortaré la garganta, lo juro. - La cara de Elauglyn asomó ante el rostro de Telegar y sacudió su cabeza aferrándola por uno de sus pequeños cuernos. Telegar pensó por un momento que tan solo conseguiría ahondar en la herida, pero al llevarse la mano a la yugular, comprobó que todo seguía como siempre. Apartó de un manotazo la mano de su hermano y se incorporó buscando la silueta de Eugene.

- ¿Donde está el mago?-



-Ha salido. ¿Qué te pasa, demonio? ¿Vuelves a necesitar el humo de la amapola? Por los dioses que como no me dejes dormir, te lo meteré por donde se cargan los carromatos.





La mirada de Telegar se tornó sombría. No le gustaba que Elauglyn usara la palabra demonio con él. El drow lo sabía, así que lo usaba para hacer daño.



- Bastardo oscuro... - Deslizo entre dientes. Elauglyn se giró en el catre, dándole definitivamente la espalda. Empate.



Telegar sabía que la raza de los tiefling, medio hombres, medio demonios, tenía los días contados. Desde la caída del reino de sus antepasados, crueles y despiados adoradores de los grandes males de los planos inferiores, el exterminio de sus supervivientes era lento, pero asegurado. No pocas veces lo habían intentado con él, solo por la señal de su cornamenta, pero también sabía que solo por su perseverancia amen de la protección de Jerome había conseguido mantener la cabeza en su sitio. Se había convertido en una pieza rara en Punjar y lo exótico en una ciudad de ladrones, solo conseguía relumbrar como un faro a la vista de los más codiciosos.



Hacía poco, había entrado en la habitación en la que el mago preparaba sus conjuros y estudios y había descubierto páginas de siniestros rituales. Amair no sabrían descifrar aquel galimatías y Tautul no sabía ni que eran los libros. Elauglyn nunca había prestado atención a nada que no fuera una entrepierna femenina. Pero él sí sabía que era lo que allí se encondía, entre las páginas de los legajos que Eugene atesoraba y coleccionaba en los mercadillos y, bueno, entre sus víctimas.



Telegar descubría cada mañana, mientras el mago dormía, tras largas noches de velas e incienso, un fragmento de lo que estaba gestando. Se llevó la mano a la garganta cuando descubrió que el ingrediente fundamental de un potente hechizo era la sangre de demonio.



El tiefling ya no sabía si sus sueños le estaban volviendo paranóico o si de verdad temía la traición del mago. Ellos eran compañeros en las "Sombras", pero la amistad era un lujo al alcance de muy pocos en una cloaca como Punjar. Ese hechizo podría hacer que Eugene no necesitase más amigos.



Con el devenir de las semanas, Telegar mantuvo el ojo sobre la nuca del mago. Tanto, que desantendío sus labores durante un combate importante. Eugene, sin haber caido todavía el último contrincante, se lanzó sobre el cadáver del hechicero rival. Tautul, malherido, remató a su guardaespaldas y al terminar, se dirigió hacia Telegar que, concentrado, no le quitaba ojo a Eugene. El minotauro le agarró por una pierna tras salir del lugar y le lanzó contra la basura del callejón.



-¡O haces tu trabajo o mejor te quedas entre la basura!- bramó el gladiador.



Elauglyn no medió. Cada palo que aguante su vela. Telegar sacó su arma, pero como reflejo, mientras pensaba que quizás fuera lo mejor acabar ahora. Esa noche la pasó en los salones del opio, intentando ahuyentar las nieblas con más humo.




Entre el lechoso ambiente, una silueta se deslizó hasta su mesa. Vestía como un bufón y su jubón tintineó alegre. Telegar pensó que para los habitantes de Punjar, él con su tez rojiza y cuernos era como si también llevara cascabeles. El hombre le miraba curioso y Telegar le devolvió una sonrisa afilada. Su cara era muy oscura, tanto como una cara muy conocida. Tanto como un dr... El estilete que atravesó su garganta. El hombre bailó caricaturéscamente mientras el tiefling se ahogaba sobre la mesa, lanzando al suelo los vasos de licor vacíos. El resto de la concurrencia rió extasiada por el opio. Poco a poco, la vida le fue abandonando...



Al alzar la vista, el cadaver de Telegar Uth´kevir se mostró cuan largo era. La garganta cortada deslizaba un charco sangriento en la que huía la exinta vida del tiefling. Telegar observaba la escena, estando pero sin estar, con la consciencia de que el hilo que le ataba a su cuerpo se deshilachaba inexorable. Cantó a Sehanine para sanar la herida, pero el vacío heló las palabras como si nunca hubiese sabido hacerlo.



- ¿Por qué? - gritó.





El bufón se inclinó sobre el cadáver, sacó una pequeña aguja y dejó la nota clavada en su piel.
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