viernes, 23 de julio de 2010

Micro-Relatos: La amnesia de Louver (II)





Poco a poco su temperatura y su memoria aumentaban.

En sucesivas visitas, Morty recordó ser marino ballenero . Un tatuaje a medio borrar por la rojiza quemadura en su espalda rezaba su amor por el mar y una tal Martina. Recordaba como en un ensueño haber decidido que no compensaba el duro trabajo en alta mar y decidió unirse a su cuñado Lou en el ahora lucrativo negocio de contrabando de alcohol. Al poco cayó en la cuenta de lo que acababa decir, pero que dadas las circunstacias, si vivía para cumplir una condena lo firmaría con su sangre.

Morty se enroló entonces en el “Drunken Crab” , una lancha costera que se dedicaba a meter en Brooklyn licor procedente de Bélgica y Holanda, transportada por los balleneros que atracan en New London, pueblo costero del estado de Conneticut. El dinero fácil comenzó a caer en sus manos, así como algunas botellas del licor con el que se traficaba. Todo parecía ir a mejor en su precaria vida hasta que un encuentro fortuito acabó con su suerte y la de sus compañeros.

A estas alturas del relato su estado dio paso a unos fuertes dolores que impedían que las entrevistas se prolongaran más de una hora. Una extraña simpatía y la curiosisdad por el pasado del moribundo marino hizo que, aunque había dado por inutil el reportaje, siguiera volviendo con regaluridad. El pensar que su historia era de interés hacía que tuviera episodios de lucidez que los médicos aplaudían, pesadumbrosos por no saber que hacer para paliar la agnía de Morty.

Me tuve que ausentar unos días para seguir el traslado del Luccio Ginsettii y cuando reanudé mis visitas a Morty me lo encontré en un penoso estado, dentro de lo que cabe. Me anunció que en pesadillas había atisbado algo de su pasado reciente. Recordaba la noche del 18 de Agosto , el día anterior a aparecer en la costa. Seu mente revivía con nitidez una travesía accidentada por el estado del mar, y como la tripulación del Drunken Crab topó con una embarcación cerca de Long Island. En principio creyeron que sería una patrullera y se apagaron todas las luces del barco en un intento de pasar desapercibidos. Pero más cerca no solo apreciaron que no era una patrullera, sino que se escuchaban gritos que desgarraban el aire, mas altos que el estruendoso oleaje. Sobrecogidos pero alerta, se quedaron observando la embarcación que parecía ir a la deriva.

Los marinos del "Crab", tras parlamentar, decidieron que no podía hacer caso omiso de la embarcación. Tan solo la abordarían para descubrir de que se trataba. Irían preparados. Cierta conciencia se apoderó de ellos, que pese a ser contrabandistas no eran sino hombres de buena fe.

La temperatura de M. Louver había aumentado hasta un estado imposible, de tal manera que cualquier intento de tratar de conocerla hacía que el mercurio estallase al poco de acercarlo hasta él. Las enfermeras dejaron de venir a atenderle y se santiguaban al pasar por la puerta de la habitación, como si el demonio fuera el paciente a tratar. La administración de los cuidados quedó a cargo de Jack, un hombre con un visible retraso psíquico cuya custodía tenía el hospital desde que fuera abandonado allí con pocos días de nacido. Jack hacía las cosas mecanicamente, sin ningún tipo de cuidado, pero al menos no parecía estar espantado por la descomposición de aquel cadaver viviente.

El relato de M. Louver, continuaba febril.

Al abordar la nave en busca de sus tripulantes encontraron en su interior un espectáculo dantesco. En su interior, unos cincuenta hombres y mujeres de caracteres étnicos mezclados y en algunos hasta grotescos se arremolinaban gritando salvajemente palabras ininteligibles alrededor de un hombre muy alto embozado en una túnica.


Éste, mientras el baile infernal se desarrollaba frenético a su alrededor, permanecía impasible, realizando con total naturalidad un sacrificio humano a su dios pagano. El frenesí tomo parte de su cuerpo como en convulsiones y bajo la túnica, movimientos sin sentido, imposibles para el cuerpo humano. Entre la algarabía, sin embargo, fue él, el único que se percató de nuestra presencia y, cuando todos los contrabandistas, mudos de horror y asco, dejaban sus nudillos blancos apretando los puños, el ser ordenó el silencio. Incluso el mar pareció callarse, bravo como estaba, y los danzantes giraron a una y se lanzaron como el lobo se lanza sobre su presa.


Una parada para sumergir en agua a Louver interrumpió de cuajo su relato. Intentaban bajar su imposible temperatura con baños de agua helada que acababa con algo de su penar por unos momentos, para luego dejarlo como estaba. Si no lo hubiera visto con mis propios ojos, aun dudaría de haber visto el agua hervir alrededor de aquella protuberancia creada por el cuchillo, que se había hinchado como una grotesca giba, palpitante e innatural, para espanto de los que eramos testigos de tal suceso...


Finalizará...



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