martes, 20 de julio de 2010

Micro-Relatos: La amnesia de Louver (I)

Como reportero del New Yorker Journal, he tenido la posibilidad de conocer y documentar casos extraordinarios. Cosas que dejarían sin habla a pomposos expertos en infinitas materias, pero que lejos de sus asépticos laboratorios se sienten intimidados por una realidad que les abruma. Yo no juzgo a nadie, ni quiero hacerlo. Solo tomo notas en mi vieja libreta y muestro al mundo las cosas como son. Y así me va.

O me iba. Tras conocer el extraño caso de Morty Louver, mi posición se haya a la deriva de unos acontecimientos que nadie jamás podrá explicarme y probablemente, aunque tuviera la oportunidad, y aun siendo un cazador de sucesos, no dejaría que siquiera empezara, porque solo la locura podría esconderse tras semejantes descubrimientos.

Así pues, haré lo único que se hacer y es transcribir los hechos tal y como se me han presentado, aun a riesgo de que mi carrera se vaya al traste si estos documentos llegan algún día a ser leidos. Pide mi alma a gritos que vuelque lo que llevo dentro a fin de intentar dar una paz a mi subconsciente que se que nunca ya llegará y rezo a la vez para que este legado no llegue nunca a la vista de un despistado lector.

Unos días antes de que conociera la existencia de M. Louver, una llamada de teléfono de un celador del Hospital de Long Island me ponía tras la noticia del misterioso naufrago de Long Island, un hombre de mediana edad que había aparecido abrazado a un madero cerca de la costa y que, sorprendendemente había sobrevivido a las inclemencias del mar y a la hipotermia. Según me contaba, el hombre en sus escasos momentos de conciencia, solo recordaba llamarse Morty y declaraba no recordar que le había sucedido antes de caer al mar.

Dirigí mi auto hacia Long Island algo inquieto esa mañana, como si mi subconsciencia me alertara del extraño suceso que rodeaba a aquel desafortunado naufrago, como si parte de su mal hado salpicara a todos aquellos que se interesaran por su historia.

El primer reportaje que realicé sobre su persona fué algo escueto, pero infundí con mi oficio el calor que faltaba en la historia de un náufrago desmemoriado, y esa carga emocional edulcorada mereció la atención de algunos lectores, que se pusieron en contacto con la redacción para saber más sobre aquel superviviente amnésico, así que mereció un segundo reportaje, que diera alguna respuesta más sobre su infortunio.

Lamenté tener que ir una vez más a aquel frío hospital, pero ya no fué la última visita como esperaba, porque el cuadro médico de aquel hombre empezaba a despertar singularidades que dejaban perplejos a los médicos que le atendían. Morty, lejos de congelarse en las gélidas aguas, había mantenido constante su temperatura, curiosidad médica nada más, pero ahora, lejos de aquel entorno frío y húmedo, había empezado a calentarse rápidamente, pero sin dar signos febriles. Más al contrario. Cuanto más aumentaba su temperatura parecía encontrarse mejor.



Eso ya lo sabía antes de entrar en la habitación en la que estaba aislado. Entré justo cuando unas enfermeras afanosas realizaban las curas de una peculiar herida en su espalda. Morty tenía atravesando su homoplato el fragmento de un extraorinario cuchillo de hueso, partido de manera que solo sobre salía un fragmento de lo que debió ser una extraorinaria empuñadura de factura inexplicable. Alrededor de la incisión, que parecía ya parte de la osamenta del marino, se extendía una quemadura circular, que, si mis ojos no se engañaran parecía crecer imperceptiblemente. Este efecto óptico parecía ser compartido silenciosamente por las enfermeras, que no osaban acercarse al cuchillo y se limitaban a a cambiar el vendaje con un miedo reverencial.

Al salir las enfermeras de la habitación, me sentí en la obligación de preguntarle como se encontraba, a lo que, casi con indolencia, Morty me contestó con un escueto - He estado mejor, hijo.
No era dificil imaginarlo, pero me guardé de decírselo. Postrado boca abajo, con el soporte para que la sábana que ocultaba la horrible herida y su protuberancia no fuera siquiera rozada por ella, lo cierto es que no daba muy buena imagen. Sin embargo, animado por su buena disposición, me situé en el ángulo de su cabeza y conversé con él de temas triviales, poniendo a prueba su memoría y pude constatar que poco a poco la neblina que envolvía sus recuerdos se tornaba más clara, aunque debido a su cansancio pospuse la entrevista sobre su circunstancia para sucesivas visitas...


Continuará...
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