miércoles, 26 de mayo de 2010

Ulmo Reed: Guerrero Halfling

Ulmo Reed fué un personaje, de esos atípicos que se nos suele pasar por la mente, pero que pocas veces salen a delante una vez tienes la hoja de personaje lista para ser rellenada: un guerrero halfling.
Un tipo de esos, bajito, que cuesta pensar que intimidarán a un bárbaro de las montañas o siquiera a un matón de taberna, pero con recursos para patearle el culo varias veces en el mismo asalto.


Lo preparé para una partida de D&D 3.5 en los Reinos Olvidados y se me pierde en las nubes del ensueño si siquiera llegué a jugar con él. Sin embargo, he rescatado de él aquella sensación del pj rebelde y, una vez más, espero que os sirva de buena inspiración, bien como pnj o, quién sabe, para incitarles a hacerse un pj no muy al uso.

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¡¡¡Date prisa con esos malditos zapatos, holgazán!!!

Ulmo oía aquella frase casi cada cinco minutos, hasta que al anochecer, el patrón caía en el sueño del alcohol. Orson, el zapatero humano cuyo aspecto y olor le hubiera permitido pasar desapercibido en una tribu orca, era el despreciable ser que le daba, si se acordaba, a Ulmo comida y techo desde que le encontró tirado en la calle.

Bajo toda la suciedad de un chico de la calle, Ulmo creció siendo un chico halfling bien parecido. Sus ojos de color oscuro, traviesos, y su pelo moreno, muy lacio cortado en redondo, le dan aun hoy ese aspecto bonachón de los de su raza. Sin embargo, bajo la afable apariencia se gestaba la resuelta determinación de aquel que fue abandonado a su suerte en las calles de Crimmor y ha sobrevivido para contarlo. Pero sobrevivir a veces no basta. En Amn tienes que pelear por tu puesto en la calle y Ulmo tenía el potencial para lograrlo.

Cuando caía la noche, Ulmo se escapaba de la vieja zapatería y recorría las calles con su banda de amigotes, donde llegó a desarrollar cierto gusto hacia lo ajeno. Pecas, Gors, Fen y él paseaban por las siempre abarrotadas calles de Amn y no pocas veces el paseo se convertía en una huida controlada, cada uno por su lado, para luego encontrarse en el lugar de siempre y repartirse el botín. Las peleas con otros chicos de la calle también eran habituales y Ulmo, más pequeño que sus rivales de otras razas, engañaba a sus contrincantes, ocultando bajo sus holgadas ropas una inusual fuerza.

Un buen día, Ulmo decidió que no volvería a la vieja zapatería de Orson. Este, siempre tan borracho como para mear sin bajarse los pantalones, gustaba de maltratar al joven halfling, azotándolo con una larga tira de cuero. Esa noche, el ya crecido Ulmo, detuvo con una mano el azote y, de un tirón extraordinario, partió el curtido cuero y de paso, dio con las posaderas del asombrado zapatero en el suelo. Ulmo se acercó a él amenazador y tomó unas gruesas tenazas. El único buen recuerdo que guarda Ulmo de aquel apestoso y maltratador patrón, es el bonito colgante hecho de la única muela sana de aquel despreciable patrón. Eso y su vieja bolsa de monedas. Símbolos de que era libre.

Libre, sí, pero Crimmor es una trampa invisible. Los Ladrones de la Sombra controlan el lugar con mano de hierro y, aunque el grupo de Ulmo había pasado desapercibido entre la ingente cantidad de pillos de la ciudad de Amn, quiso las hermanas Muerte y Suerte que un buen día robaran la bolsa a uno de sus objetivos.

Al reunirse en su escondrijo, Fen vació la bolsa ante todos y un enorme rubí, del tamaño de un huevo les dejó mudos de asombro. De pronto, la sonrisa de Pecas se tornó mueca y su cabeza calló cercenada al suelo con un sordo golpe. La sangre salpicó a Gors que intentó apartarse de inmediato, pero con una inusitada rapidez, el asesino salió de entre las sombras hundiendo la hoja en su estómago, dándole una infeliz muerte.

Fen y Ulmo se levantaron rápidamente y, mientras Fen huía en zig zag por el callejón, Ulmo, acorralado, hizo frente a su adversario. Enrolló de un gesto una manta en el antebrazo y tomó la pata de una vieja silla.

El asesino, sombra negra de ojos encendidos y cimitarra mortal, dudó por un instante, atónito ante aquel que, a sus ojos, no era más que un minúsculo muchacho halfling. La duda le costó la iniciativa y ya Ulmo, con una acertada estocada, hundió la nariz del hombre de negro. Con rapidez, arrebató la cimitarra de su mano y esperó, sin saber rematar la jugada. La risa de aquel que había intentado matarle en aquel instante le dejó helado.


Un año mas tarde, había aprendido a usar la cimitarra con soltura. Ulmo formaba parte de los hombres de armas en el escalafón más bajo de la organización de ladrones más cruel de Amn. Aquel asesino al que había hundido la nariz, el asesino conocido como Alek, había adivinado su potencial y había decido que, como castigo, se convertiría en su pupilo.

Sin embargo Ulmo, no quería volver a tener un patrón y mucho menos uno tan sanguinario como aquel. Cuando estaba lejos de la atención de los siervos de la organización, tramaba la manera de huir del lugar.

No tomó conciencia de cuanto deseaba dejar aquello hasta que Fen volvió a aparecer en escena. Había sido capturado por otros miembros de la organización y se había negado a pagar lo que llamaban el "impuesto". Fen pendía de un grillete la última vez que le vio con vida. Quiso decirle algo, pero Alek no dejó ningún momento para la nostalgia. Le cercenó el gaznate con un gesto de desprecio, mientras comentaba que nadie podía negarse a la voluntad de los Ladrones de la Sombra. Alek no llegó a darse la vuelta con vida. Ulmo sacrificó a los Dioses a Alek, para que permitieran un hueco a su lado para Fen y sus viejos amigos asesinados.

Después tomó rumbo a las puertas de la ciudad, sin prisa, pero sin pausa. Se agenció una armadura, un escudo, un hatillo de cosas útiles y como no, su cimitarra. Palpó la vieja muela de Orson, la tira de cuero que le sirviera de honda y tomó aliento a las puertas de la libertad. Miró hacia atrás, a partir de ahora tendría que hacerlo, ya que nadie dejaba con vida a los Ladrones de la Sombra. Sonrió al verse solo. Se tenía a si mismo para pelear por una nueva vida y el carácter curtido de aquellos que han burlado al destino que se les tiene preparados a los chicos de la calle.

Al menos, por ahora.


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