viernes, 7 de mayo de 2010

Shagrat el Semiorco


El historial que presento a continuación lo preparé a raiz de la muerte de mi mago humano en la campaña que llevamos en el D&D. Este personaje era la respuesta a la necesidad de un clérigo en el grupo, ya que a la vista estaba que sufríamos en exceso durante los combates. Así pues, cuando el mago Tol'Aram dio con sus huesos en el suelo, todos los ojos se posaron en mi (bueno, primero en los objetos mágicos que rapiñaron...) para que me hiciera un clérigo.
Pero... Es que a mi no me gusta llevar el rol de clérigo - razoné.
Sin embargo, sus miraditas acusadoras hicieron que finalmente me planteara ponerme manos a la obra. Partiendo de la base de que yo, lo que de verdad quería era llevar un bárbaro del entonces recien estrenado MJ2, intenté fusionar el rol de este con los poderes curativos. ¿Un clérigo de Grummsh? mmm... Mi maquiavela mente empezó a rondar en esta posibilidad. Pero no quería llevar un rol malvado entre un grupo de héroes de tintes benignos, así que, por si solo, apareció la posibilidad de que el personaje, criado en la fe del salvaje Dios Tuerto,convergiera hacia la de Kord.
Así nació el semiorco Shagrat y la dualidad que rondaría no solo en su sangre mestiza, si no entre el salvajismo en el que fuñe criado y la vida del esforzado y redentor aventurero.



"Gruumsh clama para que los débiles sean purgados. Y Kord nos enseña como dejar de ser débiles. Rezad pues por los débiles que serán barridos por la furia celestial y proclamad la gloria de los fuertes."
Shagrat

El eucalipto es un árbol que saca provecho de la destrucción de todo lo que tiene a su alrededor. Su hoja cae y, en el suelo, se descompone, aniquilando con la sustancia resultante, a toda la competencia vegetal tomando por la fuerza la tierra y el agua para si.

Quizás es por esto por lo que el chamán orco de la joven tribu Lanza Flamígera usaba el aroma de su leño al arder para consagrar sus ceremonias. Apropiado sin duda para venerar al Dios Tuerto de la Destrucción: Gruumsh.

Bajo el influjo de un gran árbol ardiente, Ghizghul tomó al pequeño Shagrat y, delante de toda la tribu, le sacó el ojo derecho. Creía que con ese honor sellaba al pequeño semi orco al destino de los seguidores de Gruumsh, tomándole como su discípulo.

Shagrat desde esa temprana edad aprendió que por la fuerza se conseguía todo. Creció entre los orkos y descubrió vertiendo su sangre que no era un igual. Por sus venas corría sangre mestiza y, aunque Ghizghul le decía que eso algún día le haría aun más fuerte, los demás le apalizaban por su aspecto semihumano. Un día Shagrat estuvo a punto de morir linchado por diversión y Ghizghul tuvo que sacrificar a varios orcos para que no fueran reinterpretados sus designios. Shagrat descubrió que la fuerza de Ghizghul le protegería mientras fuera su discípulo y juró que se haría fuerte para llegar algún día a ser el maestro. Su cuerpo creció y fortaleció y, firme, manejaba la maza, la lanza y el martillo y, aunque portaba el signo de Grummsh, solo creía en la fuerza para conseguir aquello que deseaba. Los demás dejaron de mirarlo de reojo, para mirarlo a su ojo sano cuando hablaba, ya que cada vez más, Shagrat les amenazaba con su descomunal fuerza y capacidad para adaptarse.

Los Lanza Flamígera se creían destinados a rememorar la antigua gloria de la horda de la Lanza Sangrienta y soñaban con el poder que llegaron a tener sobre las tierras que se extendían a los pies de la montaña Thunderspire. El Camino Real empezó a convertirse en su lugar de incursión y no pocas caravanas cayeron bajo la fuerza de sus ataques, guiados ya algunos de estos por el fervoroso empuje de Shagrat.

Algunas veces, las incursiones eran rechazadas por iracundos enanos en sus reforzadas carretas y otras eran cazados por bandas de mercenarios que custodiaban las caravanas y Shagrat escupía sobre los que habían huido, débiles de cuerpo y mente. Shagrat cada vez sentía menos interés en las incursiones de su tribu, estancada en el pillaje, pero a fuerza de batallar en primera línea, consiguió muchos combates, en los que era bendecido por el Dios Tuerto por su fiereza.

El día en que Shagrat decidió que abandonaría la tribu, hastiado de la actitud de sus camaradas, Ghizghul desairado, le retó a muerte. Esa noche, las hogueras inundaron la noche del olor del eucalipto quemado y el combate fue presenciado por todos los Lanza Flamígera.

Es por esto que ninguno de ellos se percató de cómo los Grhimerzul llegaron de improviso, arrasándolo todo a su paso. Los orcos eran tomados prisioneros, salvo los que presentaban batalla, los cuales caían abatido por extraños fuegos. Los duergar se abalanzaban traicioneramente sobre la tribu y, Ghizghul y Shagrat, preparados para la lucha ritual, plantaron cara a los enanos. El maestro, anciano ya para los estándares orcos, impartía sin embargo un ejemplar castigo a todos aquellos que osaban retarle e invocando al Dios Tuerto se abalanzó sobre ellos. De inmediato, fue rodeado y, a base de martillazos, sus rezos fueron apagados.

Shagrat observó bien la escena con su único ojo y supo de inmediato que Gruumsh no otorgaba la fuerza, solo la usaba en su beneficio y le despreció por ello.

En ese momento Shagrat centró su atención en el enano más fuerte en la emboscada, un recio duergar que portaba un inmenso martillo adornado con mortales pinchos y cargó sobre él, por primera vez sin clamar a Gruumsh, solo clamando por la fuerza que le permitiera morir con dignidad. El enano gris se giró sobre si mismo, y aguantó la embestida firmemente. En ese momento, Shagrat sintió un gran poder a su lado y la fuerza cayó sobre su brazo. Los golpes llovieron en ambos lados en la oscuridad, mientras el resto de los enanos atrapaban al resto de la tribu a la luz de las hogueras. Ambos contendientes levantaron sus armas, y descargándolas con toda la fuerza de la que eran capaces, ambos salieron despedidos entre un intenso destello fruto del choque de las armas.

A la mañana siguiente, Shagrat se despertó desconcertado, esperando soportar su viaje hacia el más allá, pero se encontró con vida, entre las cenizas del que fue el poblado de los Lanza Flamígera. De repente, un trueno sonó en el cielo y supo en ese momento que otras fuerzas divinas se interesaban por sus designios, y entendió que en realidad nunca había rezado al Dios Tuerto, aunque se hubiese visto abocado a ser su siervo.

Entre las cenizas encontró el cadáver de su oponente, el recio duergar y, despojándole de su portentoso martillo, abrió de un tajo su pecho y comió su corazón, digno adversario, con la esperanza de que la esencia de su fuerza inundara su cuerpo.

Despreció a los orcos por su debilidad y lamentó la muerte de su maestro, que había muerto en una demostración de fuerza y valor. Fue al único que honró con sepultura. Tomó las pertenencias necesarias para su supervivencia de entre los restos y partió firme hacia su nueva vida, donde guiaría su brazo para encontrar el secreto de la verdadera Fuerza.

El Salón de los Siete Pilares, bajo la Montaña, sería su primer destino y, la intención de cazar a los males que anidan en su corazón, la venganza que honraría por última vez la fe de su Maestro...

... Shagrat anduvo por los Salones el tiempo suficiente para averiguar que un pinteresco grupo de aventureros denominado "Las Espadas del Nentir" había castigado con furia a los Grhimerzul, dando muerte a algunos de sus líderes. Sin embargo, el precio había sido muy alto, dado que dos de sus compañeros cayeron en los últimos combates.

Aunque se le habían adelantado a su venganza sobre los duergars, los males en la Montaña Thunderspire seguían prácticamente intactos y Shagrat, aun ansioso de venganza, intuyó que el destino le había dado una oportunidad. Decidió presentarse ante la compañía aventurera para ofrecerle sus servicios a cambio de que le permitieran internarse junto a ellos en los laberínticos túneles de la montaña. Aunque con recelo por su naturaleza orcoide, el grupo, falto de efectivos, aceptó su ingreso.

A partir de este momento, Shagrat se esforzó por demostrar su valía, una vez más puesta en entredicho solo por su mestizaje.

Tras superar combates y trampas mortales, el grupo se internó en santuario interior de un maligno templo de Baphomet que estaba siendo mancillado por seguidores de Vecna. Acorralados por los peligros que allí acechaban, luchaban con pocas esperanzas de salir con vida. Como hombre sagrado de Gruumsh que fué sabía que tenía el poder de invocar el poder del salvaje Dios y ante la desesperación levantó una vez más su plegaria para que les asistiera. La cruel esfigie se presentó ante él, riendo ante la deseperación de su renegado clérigo, disfrutando ante su necesidad. Pero un nuevo símbolo se manifestó a su vez: la señal del puño y el trueno sobre el brazo de Shagrat. La titánica lucha de poderes se desató en el lejano plano y por un instante, Kord doblegó la voluntad de Gruumsh, para dejar paso a la fuerza pura. Guiados por este último, el grupo consiguió salir airoso.

Sin embargo el vengativo Gruumsh no olvidaría la afrenta sufrida ni de como su siervo renegado había desdeñado y desafiado su poder. El semiorco tendría que enfrentarse en el futuro a la ira rencorosa del Dios que una vez sirvió de manera salvaje y de cuya sombra desearía poder salir. Kord mientras tanto, esperará pacientemente que Shagrat elija el camino correcto, dejándo que sus actos decidan por él si merece la pena que se convierta en uno de sus fieles.

Shagrat, ya con su venganza consumada, y habiendo perdido el favor sagrado, intuyó que se hallaba en un camino peligroso. A partir de ahora, solo podría contar con su herencia bárbara y su fuerza, la que tantas veces le ha permitido sobrevivir ante la adversidad.

Y quizás, ahora, también, con sus nuevos aliados. Recogió tan solo del botín un cuarzo con forma de ojo, tapó con la gema el hueco que generó su bautismo salvaje y salió junto a las Espadas del Nentir a buscar la senda de su destino...
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