jueves, 11 de febrero de 2010

Cuando la noche se hizo luz

Islas afortunadas, por clima y situación, pero no exentas de recibir de cuando en cuando los embates de la naturaleza. Como muchos sabéis, la semana pasada sufrimos un temporal de órdago que se cebó, como ya es costumbre, en las islas occidentales, principalmente en Tenerife, pero que repartió agua, como si de la lotería se tratase, por todo el archipiélago.
Es curioso como a veces, ciertas cosas que nos producen pavor y pueden resultar mortales y devastadoras, no están exentas de belleza y nos producen una atracción casi hipnótica que nos deleita con esa mezcla de poder devastador y belleza plástica.
Durante la noche en la que el temporal se acercó a las costas de Gran Canaria, mi isla, los relámpagos y truenos precedieron las fuertes lluvias que por un lado asolaron diversos lugares de nuestra geografía isleña y por otro la colmaron con su don más preciado y al mismo tiempo el más necesitado en estos lares, el agua.






Durante la noche, la eléctrica luz que caía del cielo iluminó la capital de la isla como hacía tiempo no se iluminaba, haciendo que cualquiera se asomara a la ventana hechizado por los destellos maravillosos que el cielo nos brindaba.




Es de agradecer que muchos capitalinos, desafiando las inclemencias del tiempo, tomaran cámara en ristre y trataran de inmortalizar estos momentos previos al diluvio, dejándonos a todos un recuerdo tangible que de otra manera hubiese quedado guardado en la retina de unos pocos como un secreto luminoso.





Al día siguiente muchos fueron los titulares de la prensa, tanto local como nacional, que narraron una de las noches más largas, húmedas, aterradoras, bellas y luminosas de la isla, y muchos también fueron los titulares que trataban de resumir en una frase o en pocas palabras lo acontecido. Sin embargo, si de mi hubiese dependido, mi titular hubiera sido; "Cuando la noche se hizo luz".








Ha sido un espectáculo nocturno que hace sombra al mejor evento pirotécnico que el hombre pueda desplegar y que tardaremos mucho en volver a presenciar, porque a fin de cuentas, la naturaleza nos ama durante todo el año, pero como los buenos amantes, los que quieren de verdad, a veces un arranque de ira nos recuerda que la naturaleza en una amante tempestuosa, que ama a veces con una fuerza devastadora.







Y como no puede ser de otra forma, tras la tormenta viene la calma y con ella lo mejor y lo peor de la tormenta y de la lluvia. Sin embargo sólo os mostraré la cara amable de este temporal, porque siempre hay que ser justo con las cosas y hay que reconocer que este temporal trajo más bien que mal, al menos aquí en esta isla. Y mirar el lado positivo de las cosas nos hace apreciar la belleza intrínseca que hay en todo lo que nos rodea, nos hace disfrutar más de todo y ser un poco más felices.






Al menos estaremos cinco años sin preocuparnos de la sequía, ya que todos nuestros embalses están saciados de esa sed que padecían, de esa enfermedad que parecía incurable. Y por supuesto que, a pesar de que la tormenta se ha ido para no volver en mucho tiempo, el agua corriendo por nuestros barrancos y escorrentías nos hace recordarla con cariño, como el último beso de un amante que sabemos volverá a nosotros.




No puedo evitar sonreir cuando a veces alguien, que no es canario, me pregunta por qué llamamos a nuestro archipiélago, Islas Afortunadas, o bien por qué decimos que nuestra isla de Gran Canaria es un continente en miniatura. Hay que venir a verlo para poder convertirte en un creyente, para enamorarte de cerca y dejarte mimar por el murmullo de las olas, el susurro del viento y el olor de los pinos que coronan nuestras cumbres y rodean nuestras presas, todo ello mientras el sol te calienta el alma y hace abrir tus ojos a una belleza que nunca se olvida.
Esta entrada está dedicada a R. porque la belleza se disfruta más en compañía.
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